chronophotograph from the late 1800s by Étienne-Jules Marey
¿Porqué espero tanto que se dé un milagro? Sólo debería darse lo cotidiano (y permanecer hasta el final de la vida).
Peter Handke.
Si paras de preocuparte por la edad, dejarás de envejecer. No es tan fácil, ya que no habrás de darte cuenta de lo primero para lograr lo segundo. Tu que leíste estas líneas difícilmente llegarás a la edad de mi vecino, ciento treinta años.
El portón de la cochera se abre. Lo primero que se asoma es una nube de humo; después, la rueda de una bicicleta vieja que es rodada por el impulso de un hombre de metro setenta con apenas cincuenta y cinco kilos soportados por las piernas cansadas de un anciano. El señor lleva unas gafas y una gorra que ya son parte de su cara, de su cabeza. Da dos pasos mientras desplaza su transporte sobre el que amarra una caja de plástico en función de maletero, la recarga en el muro exterior y vuelve a la cochera. Uno, dos, tres segundos. El peso de la puerta provoca la apertura de la misma, desnudando el escenario; una camioneta Datsun amarilla mil novecientos ochenta, tiene el medallón decorado con calcomanías de tenencias y verificaciones; recargadas sobre un muro del interior, en el que se alcanzan a ver repisas atiborradas de herramienta y triques, descansan dos bicicletas del mismo estilo lechero. Uno, dos, tres segundos, otra vez la nube y reaparece el señor. Con movimientos mecánicos que demuestran una rutina, don Bicicleto cierra la puerta, saluda a un vecino, tira el cigarro, revisa el caballo, se monta y pedalea, pedalea, desaparece.
Morir es inevitable y es lo primero que debes entender para vivir en paz. De otra forma y confundido con la idea, como el niño que se esconde debajo de la cama, podrías desperdiciar mucha vida en el estúpido intento -siempre de moda- de postergar la muerte. Hombres y mujeres corren en ropa deportiva perseguidos por la temida idea de morir. Gimnasios que ofrecen licencias de vida. Alimentos libres de alimento. Agua sin propiedades. Pastillas para dormir, despertar, pensar, olvidar, recordar, no llorar, no sentir, no estar.
El hombre del portón de enfrente morirá. Lo que sucede en esa cochera cada día a las ocho de la mañana me hace pensar que nunca se ha preocupado por lo que los demás sí hemos hecho o como dice el chiste, no le han avisado. El acumulador de triques me recuerda que hay que dejar de esperar un milagro y ponerse a rodar sobre lo cotidiano. Cada día es un milagro. Me acuesto a dormir, uno cree poseer la capacidad de decisión para dormir hasta que comienza a sufrir de insomnio. Médicamente se trata como una anormalidad; te recomiendan una pastilla. No se ve como algo natural, aún cuando supongo que todos lo han sufrido o sufrirán. Despertar es un asombro. ¿O tú decides montado en un corcel negro que brinca como ciclista de rampa en rampa el momento preciso en el que has de despertar?
Cuando me convertí en padre tuve la estúpida sensación de haber presenciado un milagro. Sin darme cuenta, comenzaba una nueva cotidianidad.
No, mi vecino no tiene ciento treinta años pero desde que lo encontré cruzando la alameda central, me gusta pensarlo como un milagro de lo cotidiano. Montado en su corcel, pedaleaba sin mucho brinco ni ganas de despertar. Quiero imaginar que sueña con el final de la vida cada vez que cierra su portón. El milagro sucede cada vez que lo abre para darse un rol.
¿Porqué esperamos tanto no llegar? Sólo deberíamos pedalear y permanecer hasta el final.